Albert Pinya es un artista precoz y procaz. “¿Tienes suficiente?”, pregunta después de casi una hora de entrevista y unos cinco cigarros. En su estudio, situado en el centro de Palma, no hay apenas lienzos. Acaba de inaugurar una exposición en Italia, Recent Works, con obra nueva casi irreconocible. Acumula libros, discos, catálogos de arte y dibujos infantiles colgados en la pared. Es fetichista. Suena el politono de su móvil Nokia del siglo pasado. La llamada interrumpe el inicio de la charla. Pinya (Palma, 1985) se disculpa enseguida. “Yo funcionaría con palomas mensajeras”, bromea al ser cuestionado por su teléfono de tiempos ancestrales.

 

Foto: © La Siesta Press | J. Fernández Ortega

¿Cómo fue tu infancia?

Fue como la de cualquiera. No recuerdo ningún hecho extraordinario hasta mi adolescencia, que sí fue un tanto conflictiva.

¿Por qué?

Me rebelaba prácticamente contra mi entorno y todo lo que me rodeaba. Creo que era una manera de intentar buscar el camino sin encontrar respuestas. Recuerdo que era una persona bastante solitaria. Con el tiempo lo he asociado al día de hoy, a mi profesión. Ser pintor es un oficio y una actividad muy solitaria. Yo veraneaba en Puigpunyent. No era de esos chavales que tienen su pandilla y se van todos juntos al polideportivo y cosas así. Yo me perdía. Me iba a recoger piedras, chatarra que encontraba por el campo, me hacía mis cabañas…

¿No tenías pandilla?

A ver, cuando me analizas ahora yo tengo un montón de colegas, pero son todos muy dispares y están muy dispersos. Piensa que he ido a diferentes colegios, estuve internado y he vivido en diferentes ciudades. Tengo amigos desde el primer colegio al que fui, pero tengo uno o dos.

¿De San Cayetano?

En San Cayetano hasta cuarto de eso, que me invitaron a irme y me fui a Montesión.

¿Por qué te invitaron a irte?

Porque trapicheaba con los de mi clase y con los del equipo de fútbol. Me acuerdo de que mi madre me pilló, pobrecita, tuvo una súper depresión. Era irreverente, no respetaba las normas. Y luego, lo típico, me gustaba mucho el cachondeo.

 

Pinto por supervivencia, no por ningún objetivo

Después de San Cayetano vino Montesión. 

Sí, en Montesión también fatal todo el año. Me acuerdo que ahí empecé a hacer dibujos en clase, la filosofía me empezó a interesar bastante. Pero no hice ninguna optativa de dibujo hasta que al año siguiente me llevaron a un internado en Paterna, Valencia. Ése fue el origen de todo. Aquello era como una mini prisión. Estaba en mi celda de proporciones mínimas y a un horario determinado te quitaban la luz.

¿Guardas algún dibujo de los que hiciste en Montesión?

Tengo algún cuadernillo, sí. Ahí ya se ve por ejemplo la mezcla entre la palabra y la imagen. Es algo que ya está súper pasado pero conocí el trabajo de Basquiat y fue ahí cuando dije: ‘hostia, este es uno de los caminos’.

¿Nunca te has planteado exhibirlos?

No, para nada. Ahí por ejemplo era de una manera mucho más instintiva, más inconsciente.

¿Por qué los guardas?

Porque soy muy fetichista, yo acumulo mierda a mansalva. Es un poco ese complejo de Diógenes. Me cuesta desprenderme de algo que forma parte de mí. Tengo cosas hasta de primaria guardadas. En San Cayetano tuve una optativa que era de diseño y me publicaron una portada para la revista del colegio. Aún la guardo. Eran cosas más hechas por instinto que por un objetivo claro.

Si no te odian, no te aman, ¿sabes? Mucho peor sería pasar desapercibido

¿Pintas por objetivos?

Ahora pinto porque el arte ha pasado a ser parte de la manera que tengo de comprender la vida. No hay fronteras entre el arte y la vida. Pinto porque creo que es la única cosa con la que puedo comunicarme, desarrollarme y estar en comunión con el mundo. Pinto por supervivencia, no por ningún objetivo.

¿Cuándo empuñas por primera vez un pincel? 

En Paterna. Hice primero y segundo de Bachiller. Luego empecé la carrera de Bellas Artes y no la acabé.

¿Por qué no la acabaste?

Por impaciente. Con el tiempo he aprendido a ser paciente. El oficio de pintor requiere la paciencia como uno de los instrumentos máximos para llevar a cabo tus ideas. En el primer curso de Bellas Artes recuerdo que teorizaba mucho. Tenía muchas ganas de estudiar Bellas Artes. Por momentos me sentía incomprendido en mi entorno. Pensé que en la carrera estarían los de mi tribu. Los profesores no me despertaban el interés que yo esperaba y me desencanté. Empecé a estudiar Historia del Arte. Pero entonces me aburrí. Suena un poco pretencioso, pero yo no quería estudiar la historia, quería hacerla. Empecé a currar en bares para tener un sueldo mínimo y preparar mis proyectos. Ahora sobrevivo de la pintura.

Las críticas no me han afectado de gran manera porque he seguido haciendo lo que me ha dado la gana

 

Primero te adentraste en el arte urbano. Pintabas cucarachas. 

Las cucarachas ya simbolizaban un poco ese ser, ese ente rechazado. Era una metáfora, una manera de autorretratarme. Fue muy importante conocer a Tapón, de la tienda Piel de Gallina, una de las primeras personas que creyó en lo que yo hacía. Me hizo un par de encargos, compartíamos inquietudes y forjamos una gran amistad. Cuando abrió la tienda de la calle Brossa me encargó hacerle un mural en los probadores. Ahí fue cuando un verano unos turistas italianos lo vieron y resultó que eran unos mega coleccionistas. El hombre compró un montón de obras, estuvimos en el estudio hablando. Ahora tenemos una buenísima amistad. Por aquel entonces vio el currículum que tenía y me dijo que debía intentar buscar una proyección más internacional. Él se comprometió a enseñárselo a amigos suyos, comisarios y galeristas. Uno de los comisarios a los que le enseñó el trabajo seleccionó la obra La muerte feliz, una calavera con una nariz de payaso, para una exposición colectiva en el museo Vostell, en Malpartida (Cáceres). Ese comisario no era otro que Bonito Oliva, una eminencia.

En tus inicios te comparaban con Basquiat. Algunos decían que lo tuyo ya estaba visto. 

Yo nunca me he escondido. Todos mamamos y tenemos nuestras fuentes.

Para mí es mucho más honesto decir de dónde vengo y reconocerlo que ir ocultándolo y hacerme el original. A mí lo que me fascinó fue la unión entre la palabra y la imagen. A partir de ahí me apropié de algunos elementos y recursos basquianos como la repetición de las palabras y los tachones. Al mismo tiempo iba desarrollado mi iconografía totalmente personal.

Los artistas somos supervivientes, nos forjamos a base de palos

¿Cómo canalizabas las críticas?

Piensa que los artistas somos supervivientes, nos forjamos a base de palos. Estamos solos, prácticamente. Uno se tiene que crear una especie de armadura y seguir creyendo en uno mismo. Lo más importante es ser sincero. Yo no pinto para agradar, pinto porque necesito comunicarme. ¿Qué quieres que te diga? Las críticas no me han afectado de gran manera porque he seguido haciendo lo que me ha dado la gana. Si no te odian, no te aman, ¿sabes? Mucho peor sería pasar desapercibido. Es un halago ver que hay gente que llega a su casa y se para a pensar en ese capullo de Pinya y me empiezan a criticar. Para mí eso es maravilloso. Yo no lo hago por nadie.

¿Te ha ayudado que tu tío, Pep Pinya, sea el propietario de la galería Pelaires?

Todo lo contrario. Ha hecho que mucha gente tuviese prejuicios a la hora de juzgarme.

¿Alguna vez te ha preocupado que no se te tome en serio por tu arte?

No, porque yo siempre he buscado salir de lo serio en el arte. He defendido mucho lo lúdico, el juego, el sentido del humor, la diversión…salir un poco del arte conceptual tan aburrido, tan soso.

Foto: © La Siesta Press | J. Fernández Ortega

Es igual de importante hacer una ilustración que un cuadro para una exposición. Lo importante es siempre estar ensuciándote las manos

En tu universo hay muchos guiños a lo mallorquín. Ironía y color. Apariciones estelares de símbolos como los siurells o el porc negre. ¿Cómo ha evolucionado tu mundo? 

Siempre he tenido interés por la Idea de lo ultralocal. Me gusta hablar de lo que tengo a mi alrededor. Empecé a introducir elementos como el siurell, una figura que ha pasado de ser un elemento totémico y ancestral y que ha salido de ese rol. Se vende incluso como souvenir. Me gusta rendir un homenaje a elementos de nuestra cultura ancestral. Me marcó mucho la experiencia en el restaurante Ca Na Toneta, en Caimari.

Hace poco que has estrenado web. ¿Por qué tanto tiempo sin?

No he sentido la necesidad de hacerla. Cogí manía a mis compañeros de Bellas Artes porque cuando empezamos todos tenían ya página web o blog. Yo quería encontrar un lenguaje con el que identificarme. Me he considerado bastante anacrónico y no es por pose. Soy consciente de la importancia que tienen las redes.

Has hecho murales en restaurantes (Ca Na Toneta) y en discotecas (Cultura Club del Paseo Marítimo). Has decorado cajas de ensaimadas (Amadip), libros (Allí donde solíamos gritar) y discos (Rock & Press y Joan Miquel Oliver). ¿Con qué te quedas?

No hago una jerarquía de lo que es el trabajo. Cada cosa, cada canal, cada medio tiene su qué. Es igual de importante hacer una ilustración que un cuadro para una exposición. Lo importante es siempre estar ensuciándote las manos.

Me he considerado bastante anacrónico y no es por pose

En Mallorca hay muchos artistas jóvenes. Más o menos de tu quinta. ¿Hay hermandad? 

Siempre me he considerado como una especie de satélite dentro de mi generación.

Me siento más cercano a los poetas y tengo bastante más relación con ellos. Creo que soy una especie de escritor frustrado. Me fascinan. Ellos sí que son verdaderos supervivientes, ¿eh? Al fin y al cabo la pintura puede tener su mercado y su salida. Pero la poesía es para una minoría. Siento plena admiración. Ellos me llaman el Robin Hood de los poetas porque siempre estoy buscándoles proyectos. Colaborar con ellos me enriquece muchísimo.

Hace poco que has debutado en la abstracción. ¿A qué se debe la transición?

Lo que me pasaba es que no me sorprendía a mí mismo esta pintura tan descriptiva, narrativa y preciosista. Era previsible. He estado los últimos dos años de transición. Es un lenguaje un poco más críptico y más dinámico. Otra manera de comprender el lenguaje pictórico.

Foto: © La Siesta Press | J. Fernández Ortega

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