Resultado de la cristianización de los primitivos ritos paganos del “solsticio de invierno”, las “Beneïdes de Sant Antoni” son las fiestas más populares y con más raíces de Mallorca.

Gracias a los antiguos escritos de los primeros cristianos, conocemos la relación de armonía y amistad que existió entre los anacoretas del desierto y los animales que allí vivían. Entre ellos quizás sea san Antonio Abad uno de los más recordados. Ya desde la antigüedad, este ermitaño fue considerado protector de los animales.
San Antonio nació en el siglo III, en el seno de una rica familia cristiana con predecesores que habían sufrido martirio. Ya de niño demostró tener madera de santo. Huérfano a los veinte años. Inspirado por las palabras de Jesús que escuchó durante una misa (“Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”), dispuso parte de su rica herencia en garantizar el sustento y porvenir de su hermana, y el resto se la entregó a los pobres.

El 17 de enero de 356, Antonio, ya muy anciano, murió en una de las laderas, oreadas por la brisa del mar Rojo, del monte Colzim. Precisamente, esa fecha fue la elegida para su celebración. Situada a principio del invierno, quedó incardinada en un conjunto de celebraciones precristianas relacionadas con los ciclos agrícolas. Las culturas más arcaicas ya relacionaron el mes de enero con sus rituales de fecundidad, de purificación y reinicio de ciclo. Con la aparición del cristianismo algunas de ellas se convirtieron en bendiciones (Ses Beneïdes), mientras otras subsistieron más o menos igual (los bailes y cenas alrededor de las hogueras, por ejemplo).

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