Maria LLull
Maria LLull / MADRE NO HAY MÁS QUE UNA

El otro día llevé a mi hija al Conservatorio, porque se presentaba a las pruebas de Danza. Íbamos tranquilas, a cumplir un trámite (si había suerte…) y a ver qué se cocía por allí. Cuánta inocencia… lo que vimos al llegar nos dejó estupefactas.

Hordas de padres ansiosos se abalanzaban sobre profesores, informadores y examinadores, como si sus hijos se fuesen a quedar fuera (para examinarte pagas, y te llaman por DNI: es decir, nadie se queda sin entrar).Los niños se dejaban llevar de un lado para otro con cara de resignación. Estaba claro que muchos de ellos estaban allí obligados.

Mamás y papás daban consejos ridículos, dignos de UPA Dance: «Da lo mejor de tí», «demuestra lo que sabes», «¡a por todas!».

Mamás y papás daban consejos ridículos, dignos de UPA Dance: «Da lo mejor de tí», «demuestra lo que sabes», «¡a por todas!», eran las frases que se podían escuchar constantemente por los alrededores.

Por suerte, mi pequeña me devolvió a mi realidad. «Tengo pipí», me dijo en el momento más oportuno (cuando empezaban a llamar a los de su prueba). Así que nos pudimos dar cinco minutos de tregua en el baño. ¿Le tenía que dar algún consejo? ¿Esperaba mi criatura alguna frase lapidaria? Solo le pude decir una cosa: «¿Estás segura de que quieres hacer esto?». Cuando me respondió que sí, nos reintegramos en aquella tortura colectiva.

La actitud de padres y niños de música no se diferenciaba esencialmente de los de danza. Lo único distinto es que no iban disfrazados de bailarines. Pero sus rostros reflejaban la misma seriedad y ansia.

Llamaron a mi pequeña y la vi marcharse. Me puse nerviosa porque no me gustaba demasiado que estuviese allí, compitiendo. Pero ella lo tiene tan claro, que solo puedo irle detrás y rezar a todos los dioses para que sea feliz.

Una vez la perdí de vista me fui a por el mayor, que se había quedado fuera dando vueltas con la perra. Él también estaba resignado. Y también estaba allí por su hermana. Así que le comuniqué que tanto altruismo por nuestra parte se merecía un granizado en el bar de aquel templo de la música y de la danza.

Con nuestro refrigerio entre las manos, me dediqué nuevamente a observar a todos aquellos progenitores sueltos. Hablaban entre ellos con nerviosismo, como si se jugaran algo muy importante. Solo pude pensar una cosa al respecto: aquello era ridículo. Pero mucho. La frustración de los adultos está llevando a muchos niños a hacer cosas sin sentido…

Todos iban elegantes, como si acudiesen a alguna liturgia importante. Con la botella de plástico y la perra, Nicolás y servidora realmente dábamos la nota. El animalillo acabó de arreglar las cosas haciendo una cacota a las puertas del templo musical. Pero como somos civilizados aunque vengamos del pueblo, la recogimos con nuestra bolsita recoge-cacas. ¡Apañados que somos!

Llegó la hora de la recogida, y la aglomeración de padres ansiosos no hizo más que incrementarse.

Llegó la hora de la recogida, y la aglomeración de padres ansiosos no hizo más que incrementarse. Una profesora intentaba hablar sin éxito para explicar que iban a entregar a los churumbeles uno por uno. Nadie la escuchaba, hasta que un padre decidió poner orden a grito pelado. La gente le miró ojiplática y la profesora pudo comunicar que no había que agobiarse, que los niños volverían a casa sanos y salvos. ¡Tarde! Allí había agobio para venderlo a kilos en los mercados.

Por supuesto, cuando los críos cruzaban la línea de seguridad, que era una cuerda que los separaba de sus padres, esos adultos maduros y tranquilos los acribillaban a preguntas: «¿Cómo ha ido?», «¿Crees que pasarás?», «¿Era muy difícil?», «¿Lohas hecho bien?»… Y así sin callarse hasta el aparcamiento. El orgullo invadía como un río desbocado los pasillos del edificio. ¿Hacía mal por no estar orgullosa? Simplemente estaba contenta porque mi hija hacía lo que quería.

Ella no salió my convencida de las pruebas. No le había convencido… Además, es una persona bastante tímida y cruzó la cuerda con la niña más extrovertida del planeta, que le anunciaba feliz a su madre que había hecho una nueva amiga (señalando a mi hija, que huyó al baño con la excusa de un nuevo pipí).

Después de pasar una tarde quasi-infernal en las pruebas, llegué a varias conclusiones que me gustaría compartir con todos aquellos que quieran escucharlas:

  • Mi hijo no es Mozart, ni Nureyev, ni ningún superdotado de las artes.
  • Si vamos a hacer exámenes en lote, como un rebaño, tiene que ser porque el niño quiere, no porque el padre/madre tenga una frustración de una vida pasada.
  • Examinarse no mola.
  • No tienes que hacerlo por encima de nadie. Solo lo peor que sepas.

P.D. Albita pasó las pruebas… Miedo me da empezar el curso ahí…

 

 

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