El magnate del ocio mallorquín, que lleva meses en prisión preventiva, y la mujer a la que elevaron a princesa se humanizan en la cárcel. El peso de la prisión hace mella en Cursach y Munar

Bajó del furgón policial con la cabeza alta, sin la intención aparente de esconderse. Sabía que todos los focos se iban a centrar en él, a pesar de que compartía grillete con su mano derecha. Apenas unos segundos al aire libre sirvieron para que la imagen de Cursach se diese una vuelta por las Islas y llegase hasta la península.

Con el pelo corto raso, desnudo de barbilla y una expresión en los ojos que reflejaba algo cercano a la asunción

Estaba cambiado, parecía otra persona. La última vez que se le vio lucía barba cana desaliñada.  Sin embargo ahora era diferente. Con el pelo corto raso, desnudo de barbilla y una expresión en los ojos que reflejaba algo cercano a la asunción.

Más frágil. Más sereno. Con el rostro menos tirante.

Aunque Sbert, su segundo, se cubrió con una chamarra para evitar que fotografiasen su rostro, en los pasillos se le vio la cara. Pero los signos externos y delatores de la falta de libertad todavía no han hecho mella en él.

Foto: © La Siesta Press | J. Fernández Ortega

Cuatro años después Munar empieza a parecer, físicamente, la misma de siempre

Algo parecido a lo sucedido con Cursach se plasmó en la mujer omnipotente hasta fue enviada a la sombra. La transición personal de Maria Antònia Munar en la cárcel convirtió su rostro dulce en un semblante de extrema dureza. No le ayudó teñirse de azabache. Cuatro años después Munar empieza a parecer, físicamente, la misma de siempre.

Cuenta la teoría que la cárcel rehabilita socialmente al que la ha hecho. La práctica vomita lo contrario. Pero es innegable que las rejas humanizan hasta a los extraterrestres, aunque tengan la piel verde.

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