Ya. Se acabó. Por fin. Terminó la Navidad, esa época en la que sospechosamente todo el mundo se adora y se desea lo mejor. Adiós al empapuzamiento, a las partidas de cartas en familia de cuatro horas, o más. A las turronadas, a los brindis por las previas de Nochebuena y de fin de año. A verse porque sí, obligatoriamente. A comprar algo, lo que sea, para envolver y ponerlo en un zapato o en el culo del Tió.
Pasada la primera semana del año ya no es delito volver a despellejarse hasta el desgarro. Se puede hacer sin necesidad de esconderse. Es cuestión de dejarse llevar, como si nada hubiese cambiado.

Los propósitos, esos seres raros que dichos en voz alta y con testigos mediante suenan a verdad

Y los propósitos, esos seres raros que dichos en voz alta y con testigos mediante suenan a verdad. Un amigo dejó el tabaco el día 1. El 4 se fumó paquete y medio. Antes de saber que volvería a caer lo contó. Orgulloso.
Hace un mes el actor Eloy Azorín publicó en Instagram cinco imágenes suyas chupando nicotina. Acompañó las fotos con esta confesión:

Chapa para todo los que habéis dejado de fumar o estáis en ello. Acabo de hacer dos años sin volver a dar una calada. Jamás pensé que llegaría esta fecha. Lo celebro pero no doy la lucha por terminada. Probé muchas técnicas para dejarlo (libros, cromoterapia, imanes, flores de bach)  y al final lo que me funcionó tenía que ver con querer hacerlo y quererlo de verdad. La imagen de un pulmón sucio en una cajetilla o la idea de enfermar de cáncer no me parecía suficiente motivación. Eran ideas muy lejanas a pesar de haber conocido a una persona que había muerto como consecuencia directa del tabaco. 
La primera vez que dije que lo iba a dejar fue en 2002. Firmé hasta un acuerdo con unos amigos. Tardé 16 horas en incumplirlo. Durante estos años he recaído muchas veces.  Hice una lista con gente que lo había dejado para seguir sus pasos y me decía: algún día podré hacerlo.
Y luego tenía una lista con aquellos que fumaban tanto como he fumado yo: los “súper adictos”. Cuando uno de ellos lo conseguía, los cimientos del resto se tambaleaban porque quería decir que era posible y no tan difícil. Cuando llevaba tres meses (los más duros) sin fumar, el resto me miraba con la ternura con la que se mira un niño que da sus primeros pasos y ya cree que sabe caminar. Cuando llevaba seis meses, sembré la duda y sobre todo, la esperanza. Si el flaco puede, cualquiera puede. Y los que me habéis visto fumar, sabéis que he fumado mucho… liado, mezclado, muy mezclado y sin liar.
Y todo esto, insisto,  va para los que estáis en ello y  queréis dejarlo. Se puede pero se tiene que querer. Que la imagen de ti sin fumar sea más fuerte que la de tú fumando. Vale cualquier cosa, por un amigo, por una pareja, por un familiar, por un trabajo, por algo que sea muy concreto.  Y no tirar la toalla por muchas veces que recaigas.
Un colega me decía que al dejarlo se construye una carretera y que cuando vuelves a fumar crece la vegetación y lo tapa todo. Pero la carretera sigue debajo. Y siempre es un poco más fácil. Siempre un poco más cerca. 
Y hasta aquí la chapa motivacional del día. Oxígeno para todos. 
#contarlasvecesquetelevantasnuncalascaidas

Entre todos los mensajes que lanza hay uno que no se nombra pero que teje la estructura del relato: el reconocimiento de la adicción, en este caso al tabaco. La Real Academia de la Lengua define la adicción como dependencia de sustancias o actividades nocivas para la salud o el equilibrio psíquico y, en una segunda acepción, como afición extrema a alguien o algo.
Da igual cómo se diga: depender, estar enganchado, colgarse, someterse, ser devoto, doblegarse. Invalidarse como persona, ponerte ataduras, anular la voluntad hasta confundirla con el deseo, capar el desarrollo natural. Rendirse. A algo o a alguien, desde el tabaco hasta el chocolate; el alcohol o un ser tóxico; un ansiolítico o una herida infectada.

Por qué no reconocer que todos, de la manera que sea, somos adictos, o adictitos (también vale…), al curro. O a un deporte que, sin darte cuenta, se ha convertido en una obsesión.
Por qué no asumirlo.
Por qué negártelo.
Por qué no superar tu verdad.

Y tú, ¿qué opinas?