En 1998 Donald Trump declaró a la revista People que si él fuera a competir para un cargo electoral lo haría como republicano porque ellos, los republicanos, eran los votantes más tontos del país. “Yo podría mentir y ellos lo creerían y les gustaría “, dijo. Y así lo hizo. Se presentó en 2017 por el Partido Republicano, mintió sistemáticamente, con un lenguaje infantil propio de los programas basura de las televisiones y, eligiendo con tino el grupo objetivo al que dirigir sus mensajes, obtuvo el resultado que conocemos; se convirtió en el cuadragésimo presidente de los EEUU.

Esa es la quintaesencia del populismo; la convicción de que una parte muy importante del pueblo es tonta, infantil y está mal preparada y desinformada.

Ese populismo, que afecta tanto a la derecha como a la izquierda, el que la crisis desenterró es el que floreció y puede fructificar en Francia, en Alemania o en España.

Porque Podemos, manejando las mismas estrategias que utilizan Trump, Le Pen y Maduro, hurgando en los instintos más primarios, ya han convencido a un gran segmento de votantes hastiados de corrupción y de unos políticos mucho más preocupados por sus partidos que por el bien común.

La verdad es que, unos y otros, se lo están poniendo muy fácil.

La última jugada de Podemos ha sido la presentación de una moción de censura que saben no puede prosperar y aunque prosperase y hubiese otra vez elecciones, saldría el mismo resultado para los ganadores.

Todo lo que ha tocado la familia del antaño Molt honorable, huele a corrupción y por eso entró el primogénito en la cárcel. Desde que Jordi Pujol i Soley , a trancas y barrancas confesó que durante 34 años había mantenido cuentas en paraísos fiscales -según dijo, aunque nadie se lo crea, con los ingresos obtenidos por una jugosa herencia de su padre- todo ha sido un no parar en el suculento mundo de las mordidas familiares. No era como dijo Artur Más un asunto privado, en absoluto, porque ya sabemos que parte de ese dinero de los Pujol proviene de lo que su primogénito se dedicó a recaudar a modo de “mordida” durante los 23 años que su padre estuvo al frente de la Generalitat. Hoy sabemos que ese dinero o al menos en parte provenía de comisiones que se cobraron a cambio de concesiones públicas.

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