Maria LLull
Maria LLull / MADRE NO HAY MÁS QUE UNA

El karma me la ha devuelto con creces. por lo que me cuentan no fui fácil de llevar, así que ahora mis hijos me las hacen pagar todas juntitas.  Son unos auténticos profesionales de la reivindicación y la protesta. Sin que nadie les haya enseñado. Porque esto lo han heredado de mí (el karma se ha encargado de hacer bien el trabajo…).

La pequeña es más llevadera, y si no hay público por los alrededores suele conformarse. Pero si alguna de sus amigas anda merodeando por los alrededores, no consiente con nada que coaccione su minuscula libertad de 7 años. Entonces la orden «nos vamos» siempre tiene un rotundo «no» como respuesta. No quiere ir a casa, quiere cenar en un restaurante con su(s) amiga(s), no quiere ducharse… Por supuesto, esas cosillas que se llaman amigas nos rondan como moscas cojoneras y le dan la razón en absolutamente todo. A esto hay que añadir a veces la presión de otras madres del pueblo. «¡Anda, déjala! ¡Si hoy es viernes! ¡Quedaos un rato más!» (muchos sábados me levanto a las 6:30 de la mañana para irme a trabajar). Así que muchos días me gasto un dinero que no tengo, en una pizza que deja un poco que desear, viendo como mi hija se enguarra hasta las 23:00 (aunque yo me tenga que levantar antes del amanecer…). ¡Un gustazo!

si yo digo sí, para Nico es no; si yo digo no, para él es sí; si yo veo blanco, sin duda él percibe negro

El realmente reivindicativo es mi hijo mayor. Si no lo hubiera parido, sería el digno vástago de María Patiño: la vena de su cuello puede alcanzar  un tamaño completamente desmesurado. Para él todo es una batalla. Y está siempre (cuando digo siempre, quiero decir siempre, siempre) dispuesto a ganar. La norma es muy sencilla: si yo digo sí, para Nico es no; si yo digo no, para él es sí; si yo veo blanco, sin duda él percibe negro; y si yo creo que es negro, el afirma taxativamente que se trata de blanco nuclear.

Su marcada tendencia a llevarme la contraria en absolutamente todo, se acompaña de una exaltación que me deja anonadada. Mi hijo no sabe indicar sus preferencias con tranquilidad. Con la vena hinchada, parece un sindicalista que corta la carretera luchando por la supervivencia de los astilleros. ¡Qué brío! A veces pienso que se me va a derretir el cerebro de oirle protestar… Pero si estáis leyendo esto es que he podido escribirlo, así que mis neuronas van tirando como pueden.

«Mamá, ¿cómo quieres que esté si llevo tres semanas sin comer camembert?»

Su abanico de excusas para cabrearse es de lo más divertido (hasta que es hora de ir a dormir, estoy hecha polvo y él no quiere meterse en la cama. entonces ya no me divierto). La comida es una parte fundamental de su humor. La cuestión es peliaguda, porque no solo es un problema cuantitativo, sino también cualitativo. En casa no puede faltar: el zumo de limón, el camembert, carne buena, el hummus, un sobrecito de salmón por si surge la ocasión de hacer un aperitivo y las galletas de mantequilla. La ausencia de uno de sus alimentos predilectos puede fastidiarle la jornada completamente. Una vez, tras días de mal humor, le pregunté qué era lo que le estaba angustiando de aquella manera. «¿Se puede saber lo que te pasa, Nicolás? ¿Tienes algún problema que me quieras contar? ¡Estás insoportable!», le dije. Su respuesta provocó que me tuviera que sentar unos minutos para meditar. «Mamá, ¿cómo quieres que esté si llevo tres semanas sin comer camembert?». Por supuesto, fui rauda y veloz al supermercado para comprar el remedio a sus protestas continuas (debo reconocer que se apaciguó durante unas horas).

Me pregunto muchas veces: ¿qué prefiero? ¿hijos reivindicativos o sumisos? ¿cómo son los otros niños? ¿cómo se hace para que piensen por sí mismo y obedezcan? Al menos tengo una táctica que aún funciona:

  • Mamá, ¿puede ir a la plaza?
  • Sí.
  • ¿Hasta las ocho?
  • No, hasta las siete.
  • ¡Jolines! ¡Porque no me dejas hasta las ocho! ¡Todos mis amigos se quedan! ¡Es súper injusto! ¡Mamáaaaaaaa!
  • Tú verás…

Esta frase, «tú verás…», hay que ponunciarla como si fueras un auténtico mafioso siciliano. Y no hay que caer en la tentación de decir nada más. Basta con darse media vuelta y desaparecer de la escena. Entonces puedo percibir el silencio de mi churumbel desarmado. ¿Cómo se va a quejar? Yo solo he dicho «tú verás…». En sus manos está la patata caliente de la elección. Por supuesto, debo hacer hincapié en la necesidad de teatratalizar esos puntos suspensivos. Porque esa frase significa enrealidad: «Tú verás, pero como no vengas a las siete se te va a caer el pelo». ¡He dicho!

 

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