El único dos estrellas Michelin del archipiélago balear, ubicado en el hotel de lujo Castell Son Claret, arranca la temporada con nuevos menús degustación entre los que destaca el menú Sueños, compuesto por los platos más novedosos, arriesgados, sorprendentes y viajeros de Fernando P. Arellano

Está inspirado en los viajes, los hobbies y los sueños del chef y en los intercambios culturales que a lo largo de la historia han enriquecido y dado forma a las distintas cocinas del mundo que hoy conocemos

Las nuevas propuestas parten del producto local pero se nutren del recetario global y de las nuevas técnicas de vanguardia y desprenden ingenio, humor y reflexión

Absorber, filtrar, interpretar. Es la máxima de Fernando P. Arellano, un cocinero con mucho bagaje que desde su particular oasis de serenidad, el Castell Son Claret, ubicado a los pies de la sierra mallorquina de Tramuntana, continua haciendo evolucionar su cocina a base de múltiples influencias. Su propuesta bebe de su aprendizaje en algunos de los mejores restaurantes de Europa (como Patrick Guilbaud en Dublín, Le Gavroche en Londres, Don Alfonso en Nápoles, Maison Pic en Valence –Francia– o Can Fabes en Barcelona); de sus años de experiencia en Madrid (donde abrió su primer restaurante en 2005); de su actual emplazamiento en Mallorca (de donde toma la mayoría de los ingredientes de su cocina) y de sus pasiones, experiencias, viajes y aficiones. Así, si desde que llegara al Castell en 2010 la línea creativa ha estado muy marcada por lo local, esta temporada Fernando trasciende nuestras fronteras para ofrecer una nueva experiencia abierta al léxico culinario global.

En 2018, Zaranda, el único dos estrellas Michelin de las Islas Baleares, ofrece tres
menús degustación. El menú Recuerdos, el menú Experiencias y el menú Sueños  acoge las últimas y más arriesgadas creaciones del chef.

Como en los sueños, en el menú homónimo tienen cabida la fantasía, las pasiones, las vivencias más recientes, la locura, el humor y los viajes que han marcado a su autor, todo ello con un hilo conductor, un vínculo emocional, un sentido de fondo y una invitación a la reflexión. En algunos platos, Fernando, gran amante del buceo, sumerge al comensal en los fondos marinos, como por ejemplo en las dos versiones de la holoturia (el pepino de mar). En una utiliza un pepino terrestre y lo rellena de tartar de atún, erizos y posidonia oceánica (una planta acuática del Mediterráneo) para darle un regusto salino, mientras que en la otra sirve la espardeña en pepitoria reivindicando su origen madrileño como “un viajero que viaja pero sin perder la esencia de donde es”.

En otros pasos del menú, Fernando vuelve la mirada a los intercambios culturales que han dado lugar a la cocina de hoy, remontándose hasta el descubrimiento de América y la Ruta del Oro con tres bocados envueltos en polvo dorado y servidos sobre una réplica de una pieza de alfarería precolombina hecha por un artesano local. Un tequeño venezolano de queso criollo, una almojábana de trufa negra (plato de origen mozárabe y muy popular en Colombia) y una tostada mexicana de cochinita pibil representan a los ojos del chef el trueque gastro-cultural entre el Viejo y el Nuevo Mundo.

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